Nota del autor
La primera razón que me impulsó a escribir este libro —que recoge, ordena y da sentido a los recuerdos que mi madre nos ha ido regalando a lo largo de toda nuestra vida— fue la necesidad de preservar su memoria.
Durante años, sus recuerdos surgían de manera espontánea: caminando por los escenarios de su infancia en el centro de Valencia, comentando fotografías descoloridas en sobremesas que se alargaban sin prisa o rescatando detalles suspendidos en algún rincón íntimo de su mente. Sentí que era necesario no solo dejar constancia de su voz en aquella entrevista que le hice para mi pódcast, sino también fijar por escrito aquello que solo existía en la fragilidad de la palabra hablada: su historia, sus decisiones, su coraje y su manera de atravesar el tiempo.
Muchos de los lugares que marcaron su vida han desaparecido sin dejar rastro: la portería donde vivió de niña, la casa donde su tía le enseñó a coser y la fábrica en la que trabajó durante once años, que llegó a emplear a más de cien personas y de la que hoy no queda documento alguno. Solo subsiste lo que ella recuerda. Por eso este libro es también un acto de restitución, una forma de devolver existencia a lo que ya no está.
A la hora de reconstruir sus primeros años de niñez, la tarea fue aún más delicada: apenas existen fotografías, hacerlas entonces era un lujo muy puntual. Comprendí hasta qué punto dependemos de las imágenes para asentar nuestros propios recuerdos —como los que yo conservo de mi comunión gracias a unas pocas fotos donde me veo jugando en el jardín del restaurante—, y cómo, en su ausencia, la memoria se convierte en un territorio frágil pero precioso que merece ser preservado.
También tuve que enfrentarme a la naturaleza misma del recuerdo, que con los años conserva la esencia pero altera las formas. En el episodio en el que viaja a Los Mainetes con sus tíos, por ejemplo, me contaba que las cabras llevaban una especie de pai pai de esparto para evitar que el macho las montara. Investigando pensé que, puestos a evitar embarazos no deseados, tendría más sentido colocar algo al macho y no a las cientos de cabras. Y así descubrí el mandil anti-monta: un pequeño delantal ajustado al lomo del macho, que podía ser de tela, cuero o, como en esta novela —pues los tíos de mi madre trabajaban el esparto con soltura—, de ese material tan humilde y resistente. Este tipo de hallazgos me recordó que reconstruir un recuerdo es también recomponer sus piezas.
Quizás algunas anécdotas resulten inverosímiles para quien lea estas páginas ahora o dentro de unos años: que una mujer guardara un feto nonato en su armario, o que una niña comenzara a trabajar con apenas trece años. Pero estos hechos, que hoy pueden parecer impensables, pertenecen a una época marcada por la posguerra, la pobreza y la necesidad. La crudeza de aquella realidad no debe olvidarse. Este libro es constancia, memoria y prueba de todo lo que en él se cuenta.
Cada escenario, cada recuerdo, están plasmados tal y como mi madre los conserva. Pero, como es natural, sobre ellos descansa un halo narrativo imposible de evitar. Puede que haya añadido diálogos o pequeñas escenas que quizá no ocurrieron exactamente así, pero al decidir escribir su historia y poner negro sobre blanco sus recuerdos, me vi obligado a crear un personaje y completar, desde la narrativa, los huecos y silencios que deja la memoria. Esta mezcla de verdad íntima y reconstrucción literaria es, a mi manera, otra forma de honrar lo vivido.
Las referencias constantes a las manos —esas manos que aman, que temen, que despiden a mi abuelo o que encuentran indiferencia en mi padre en el momento más duro de la juventud de su mujer— surgieron de forma natural como hilo conductor de la trama. A veces olvidamos la importancia de caminar junto a alguien con las manos entrelazadas; para mí, ese gesto se convirtió en un nexo entre los capítulos de esta historia y las formas de amar, sufrir y resistir que se transmiten de una generación a otra.
El relato recoge, además, los acontecimientos históricos que mi madre presenció y que forman parte de la memoria colectiva: la riada del 57 que anegó Valencia, la boda de Balduino y Fabiola retransmitida a todo un país, la conmoción por la muerte de Nino Bravo, la llegada de la Constitución, el golpe de Estado del 81 y, ya en su vejez, la pandemia de 2020. Su vida se enlaza así con los grandes hitos del último siglo, convirtiéndose en un testimonio cercano de cómo la historia se filtra en lo cotidiano.
El mayor regalo de este proyecto han sido los momentos con mi madre: sentados en una cafetería, tomando notas o revisando fotos antiguas, reconstruyendo juntos recuerdos que habían quedado a medio camino entre el olvido y la vida.
Este libro está dedicado a todos los abuelos, madres, tías y hermanas. Nuestros miedos y dudas, ellas ya los vivieron antes; en su sabiduría están muchas de las respuestas, al alcance de una conversación, de un rato compartido. Y cuando ya no están, quedan sus recuerdos, sus fotos, sus palabras —a veces escritas, a veces transmitidas de voz en voz— para iluminar lo que somos.
Finalmente, respecto a la portada, elegí una de las pocas fotografías que sobrevivieron —una de las que mi padre no llegó a romper— de la época en que mi madre desfiló con la ropa de la fábrica donde trabajaba. Supe al instante que debía ser la imagen que ilustrara este libro. En ella aparece sentada en los jardines de la avenida Blasco Ibáñez, con una pose que simboliza cómo deja atrás las penurias, la pobreza y el desamor, y mira al futuro con una serenidad que desafía al tiempo.
Esa fotografía contiene la esencia de estas páginas y la máxima que siempre ha guiado el alma de mi madre.
La fuerza de seguir, siempre, adelante.
Rafael de Mateo